Editorial: No sé, acá siempre fue así

En cierta ocasión se llevó a cabo un experimento de comportamiento. Se colocaron 6 monos en una jaula, en el centro de la cual se encontraba una escalera que permitía alcanzar un racimo de bananas que colgaba del techo. En cuanto uno de los monos intentaba alcanzar las bananas, se los mojaba a todos con agua helada lo cual hacía que desistiera de su intento. Este proceso se repitió tantas veces cómo intentos por alcanzar las bananas realizaron los monos. Finalmente, cuando alguno de los monos intentaba alcanzar las bananas, eran sus propios compañeros los que le impedían acercarse a la escalera a base de golpes hasta que el mono desistía de su intento…. Siga leyendo se pone mejor
Llegados a este punto, se saca uno de los monos de la jaula y se introduce otro que evidentemente no había participado previamente en el experimento. Al poco de entrar en la jaula, el mono intenta subirse a la escalera para tomar las bananas, pero en cuanto se acerca a la escalera, sus compañeros le agreden a golpes ante la posibilidad de una ducha helada. El nuevo mono no entiende nada, pero tras varios intentos se da cuenta de que no se puede acercar a las bananas a menos que desee ser golpeado.
En este momento, se saca de la jaula otro de los monos que empezaron el experimento y se introduce uno que tampoco tiene ningún conocimiento del funcionamiento del mismo. Igual que en el caso anterior, el mono intenta agarrar las bananas y cada vez que lo intenta, todos sus compañeros de jaula se abalanzan sobre él para impedírselo. La nota curiosa es que el mono que introdujimos a mitad del experimento y que no tiene la experiencia de haber sido mojado con agua helada también participa en la agresión aunque sin saber por qué. Para él, simplemente, no está permitido acercarse a la escalera.
Poco a poco se van sustituyendo todos los monos que comenzaron el experimento por otros que no han experimentado en ningún momento el hecho de haber sido mojados con agua helada.
Cuando se sustituye el último mono de la jaula, el comportamiento de los simios continúa igual, a poco que el nuevo mono intenta acercarse a la escalera es golpeado por sus compañeros, aunque llegados a este momento, nadie sabe por qué ya que ninguno de ellos ha sido mojado con agua helada. Se ha establecido una regla: “Está prohibido subir por la escalera y quien lo intente se expone a una represión por parte del resto del grupo”.
Quizás sea verdad que en ocasiones los monos reflejan un comportamiento casi humano, o quizás seamos los humanos los que en ocasiones nos comportamos como monos.
Este experimento de los monos y las bananas es una historia, una moderna fábula, se inspiró en parte por los experimentos de GR Stephenson, que se encuentra en “adquisición cultural de una determinada respuesta aprendida entre los monos rhesus”, así como ciertos experimentos con chimpancés realizados por Wolfgang Köhler, en la década de 1920. A través de los años, que fue ensamblado para formar la leyenda urbana en su estado actual.

La realidad es que muchos nos sumamos a las costumbres, conductas o dichos de otros sin tener la menor idea del porqué, incluso somos capaces de repetir conductas cuasi agresivas simplemente porque al parecer está establecido.

En la antigua Grecia, Sócrates fue famoso por su sabiduría y por el gran respeto que profesaba a todos. Un día un conocido se acercó al gran filósofo y le dijo:
— ¿Sabes lo que escuché ayer acerca de tu amigo?
— Espera un minuto -replicó Sócrates-. Antes de decirme nada sobre eso quisiera que lo sometieras a un pequeño examen. Yo lo llamo el examen del triple filtro.
— ¿Triple filtro?
— Correcto -continuó Sócrates-. Antes de que me hables sobre mi amigo, sería buena idea filtrar tres veces lo que vas a decir, es por eso que lo llamo “el examen del triple filtro”.
— El primer filtro es la verdad. ¿Estás absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?
— No -dijo el hombre-, realmente solo escuché un rumor sobre eso y…
— Está bien -dijo Sócrates-. Entonces no sabes si realmente es cierto o no.
— Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la bondad. ¿Es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?
— No, por el contrario…
— Entonces, deseas decirme algo malo sobre él, pero sin estar seguro de que sea cierto.
— Pero aun así podría querer escucharlo; porque queda un filtro: el filtro de la utilidad.
— ¿Me servirá de algo lo que vas a decirme de mi amigo?
— No, la verdad es que no.
— Bien -concluyó Sócrates-, si lo que deseas decirme no es cierto, ni bueno, y ni siquiera es útil ¿para qué querría saberlo?

Si a alguno le interesa saber más sobre el rumor o lo que éste podría provocar, lo invitamos a leer un cuento muy corto de Gabriel García Márquez. “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”, un cuento sobre los rumores y la psicosis colectiva.

La falacia Ad Hominem o Ataque Personal es una falacia que consiste en atacar a la persona que emite un argumento, desacreditándola para que los demás no lo tengan en consideración. Se caracteriza por el “juego sucio” ya que no aporta razones válidas que sirvan para rebatir una posición o conclusión sino un ataque al emisor.

Normalmente si identifica el ataque podrá demostrar que ni la personalidad ni las circunstancias de la persona tienen nada que ver con la verdad o falsedad de la proposición que se defiende.
Incluso si se esfuerza podrá comprobar en muchos casos que ni la personalidad ni las circunstancias que intentan desacreditar a esa persona son ciertas.

Para que sirve toda esta perorata, para darnos cuenta que si queremos entender algo, lo que sea, tenemos que escuchar los argumentos, ser capaces de analizarlos, desprendernos de lo que escuchamos no probado o comprobable, saber de verdad que es mejor para nosotros, para cada uno de nosotros. Ver si eso es verdad, si es bueno, si es útil. Y si no somos capaces de discernir por nosotros mismos, olvidémonos de volver a comer bananas.

Miriam Leo
miriamleo@sierradelospadres.com.ar