Editorial: Entre el humor y el odio

Hoy vamos a tocar un tema, desarrollarlo, entendamos que además de nuestras propias ideas y pensamientos estamos haciendo una recopilación de los de muchos otros, y sabemos que esto nos va a acarrear que una cantidad importante de lectores que no estén de acuerdo se nos vuelquen en contra. Por eso les vamos a dejar, como siempre, las puertas y estas páginas abiertas para que puedan refutar este extenso análisis.
Hoy en día que estamos siendo colonizados mentalmente por los medios hegemónicos, pero sobre todo por las redes sociales, cada vez más nos convertimos en personas intolerantes, autoritarias y por ende faltas de humor.
La intolerancia es propia, o viene de la mano de una personalidad autoritaria. Y se define como la falta de habilidad y voluntad de tolerar algo. En la intolerancia cultural no se aceptan costumbres y tradiciones de otras personas, de razas, de otra comunidad, sexualidad, municipio, región o país.
En este último sentido, la intolerancia resulta ser cualquier actitud de plano de las ideas, por ejemplo, se caracteriza por la perseverancia en la propia opinión, a pesar de las razones que se puedan esgrimir contra ella. Supone, por tanto, cierta dureza y rigidez en el mantenimiento de las propias ideas o características, que se tienen como absolutas e inquebrantables.

La personalidad autoritaria es el conjunto de características individuales que, generalmente adquiridas durante la infancia, predisponen a un individuo a aceptar y adoptar actitudes antidemocráticas, encontrar satisfacción en la sumisión a la autoridad, dirigiendo la agresión hacia las minorías sociales, étnicas o a los grupos sometidos a la marginación social. Esta personalidad se caracteriza por la presencia de actitudes intolerantes como la xenofobia, el racismo, la discriminación social entre otros. También se caracteriza por unas formas de pensar muy determinadas y rígidas, es decir, estereotipadas, con abundancia de prejuicios.

Definidas estas ‘cualidades’ pasaremos a las redes sociales, es cierto que han cambiado por completo nuestra forma de vida. Surgieron como algo muy positivo que nos permitía conectarnos y hablar con aquellas personas que están lejos de nosotros, conocer gente nueva, hacer amigos, encontrar pareja… Y muchas cosas más. Visto así no se ve nada negativo, pero el abuso de estas redes puede traer consecuencias nocivas.

Pueden resultar entretenidas, si estas complementan nuestra vida o si hacemos un uso responsable y coherente de ellas, pero los excesos pueden hacer que desatendamos nuestra vida real, rellenando nuestros momentos vacíos con incursiones obligadas en las redes sociales. En Internet se encuentra de todo, amigos, colegas para salir, compañeros, pareja… pero también lo contrario, odios, mentiras, chantajes, abusos y frustraciones.

Mentir en las redes sociales es el común denominador de casi el 70% de los usuarios. No es necesario contar mentiras abiertamente, es habitual embellecer la realidad para hacer que nuestras vidas parezcan más interesantes de cara a los demás. Mentiras que son capaces de llegar a generar otros sentimientos como rivalidad o envidia provocada por otros usuarios y por no encajar en esa versión ficticia inventada sobre nosotros mismos o nuestras circunstancias, provocando en nosotros sentimientos negativos.

Uno de los problemas más evidentes que entraña el uso de las redes sociales es la adicción que suponen. Según un estudio realizado por la Universidad de Harvard (2012), la exposición a ellas activa las mismas zonas del cerebro que el consumo de drogas. Su uso excesivo y desmesurado puede incluso en casos extremos llevarnos a una depresión.

Acá es dónde entra el humor o la falta de él. Cientos de pensadores, filósofos, escritores, artistas alguna vez se refirieron a él. El humor es definido como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas.

En pleno auge del stand up, que además de hacernos reír, lo mejor es que nos enseña a reírnos de nosotros mismos, es contradictorio que nuestras actividades virtuales nos hagan perder el sentido del humor. Dicen que el humor surge del pueblo con carácter de crítica, con ansias de reforma y de denuncia de injusticias, que forma parte de la actividad esencial y exclusiva del ser humano, al igual que el pensamiento, no hay humor si no hay pensamiento y el pensamiento está íntimamente ligado a la inteligencia. Para entender su importancia podemos citar a Sigmund Freud que dijo que “El humor es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo.”

Avisamos que iba a ser extenso, no es fácil llegar a entender la relación entre todos estos temas, redes sociales, intolerancia, personalidad autoritaria, sentido del humor.
El humor es una forma de transformar lo ridículo en diversión, implica conciencia, se convierte en un medio de comunicación cuando el diálogo ya no es posible. Reírse de otros es fácil, pero reírse de uno mismo es más complicado y para algunos imposible.
Sin embargo la auto-burla es una de las mejores terapias, pues nos ayuda a tomar conciencia de los juegos de nuestro propio ego, permitiéndonos así desactivarlos. Dicen que la risa disuelve el ego. El ego es serio y el alma liviana y no se toma en serio. Prueba de ello es que difícilmente veamos reír a un dictador o a un autoritario. En ellos lo serio se impone.

Y a qué vamos, a lo que nos está pasando como comunidad, como vecinos, a la falta de tolerancia, a la falta de humor, a la facilidad que tenemos para aceptar que nos colonicen con pensamientos autoritarios, las denuncias permanentes de unos a otros, las difamaciones, el no tolerar que mi vecino festeje un cumpleaños, o que otro bromee sobre un error. Lanzar acusaciones sin filtros y perder la capacidad de escuchar e intentar comprender.

En esta editorial íbamos a hablar del problema de las calles, problema que se repite en cada uno de nuestros barrios y en nuestros caminos rurales desde hace décadas, pero sabemos, que es algo que aunque tratemos una y mil veces desde estas páginas, no vamos a cambiar mientras seamos parte de este municipio o nos quedemos sentados en nuestras casas. Y ahora se preguntarán que tiene que ver esto con la intolerancia, las redes, la personalidad autoritaria o la falta de humor, mucho. Es un combo que nos catapulta al vacío y el estancamiento.

Por si no leyeron bien, repetimos…
La intolerancia supone cierta dureza y rigidez en el mantenimiento de las propias ideas, que se tienen como absolutas e inquebrantables, esto hace que no podamos abrirnos a nuevas opiniones o propuestas.
La personalidad autoritaria encuentra satisfacción en la sumisión a la autoridad, aunque ésta no nos resuelva los problemas.
Las redes son capaces de generar sentimientos como rivalidad o envidia, en cambio el humor surge del pueblo con carácter de crítica, con ansias de reforma y de denuncia de injusticias.

Nos quedamos metidos en un mundo virtual donde nos quejamos de nuestros problemas pero que no los resuelve, y cuando salimos a la calle nos topamos con el mundo real, y ahí, recién, vemos que está roto.

Y aunque por esto nos quieran excomulgar, necesitamos terminar una nota tan seria con un poco de humor.

El Papa fallece y llega al cielo todo engalanado. Altivo, cruza las puertas del paraíso, esperando ser recibido como merece. Pero San Pedro le cierra firmemente el paso: “¿Quién es usted? No puede entrar aquí de esta forma.”
El Papa, sorprendido, responde: “Pero… ¡Cómo! Yo soy el Papa, su embajador en la tierra.”
San Pedro exclama: “¿El Papa? ¿Nuestro embajador? Pero si aquí nadie ha oído hablar nunca de usted.”
El Papa, seguro de sí mismo, replica: “¡Ignorante que es usted! Diga simplemente a Dios que estoy aquí, y le ordenará dejarme pasar.”
San Pedro así lo hace: “Jefe, aquí hay un tipo que pretende ser el Papa. ¿Le conoce usted?”
Y Dios responde: “¿El Papa? Jamás he oído hablar de él.”
El papa, mosqueado, insiste: “Increíble, pregunte entonces a Jesús. El al menos me conoce.”
San Pedro exclama entonces: “Eh, pibe, un tipo dice ser el Papa. ¿Le conoces?”
Jesús responde: “No, en absoluto.”
San Pedro se dirige entonces firmemente al recién llegado: “Lo siento, pero no puedo dejar pasar a un perfecto desconocido.”
El Papa, profundamente mufado intenta por última vez imponerse: “No puede usted expulsarme así, soy EL PAPA. Pregunte pues al Espíritu Santo, ¡él me conoce, seguro!”
Entonces San Pedro comprueba, suspirando: “Eh, paloma, hay alguien aquí que afirma ser el Papa y pretende conocerte…”
El Espíritu Santo reflexiona unos instantes antes de exclamar: “¿¡El Papa!? Pues claro que le conozco. Es ese tipo que difunde por ahí esos sucios rumores sobre María y yo. ¡Echalo afuera!”

¡¡¡Chiste!!!

Miriam Leo
miriamleo@sierradelospadres.com.ar